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¿Quién era yo cuando nadie necesitaba que resolviera nada?

Cuando decidí hacer una pausa, no lo hice porque necesitara descansar. Lo hice porque había llegado un momento en el que seguir haciendo lo...

¿Quién era yo cuando nadie necesitaba que resolviera nada?
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Cuando decidí hacer una pausa, no lo hice porque necesitara descansar. Lo hice porque había llegado un momento en el que seguir haciendo lo de siempre ya no era posible. Había demasiado movimiento dentro de mí, demasiadas preguntas sin responder y una sensación de incoherencia que ya no podía seguir ignorando.

Necesitaba detenerme. No para alejarme de mi propósito, sino para volver a encontrarme con él. Necesitaba crear un espacio donde pudiera observarme con honestidad, poner orden en mi mundo interior y comprender desde qué lugar estaba viviendo, sintiendo y tomando decisiones.

El silencio de una nueva realidad

Después de llegar a España, muchas de las personas que durante años habían formado parte de mi vida cotidiana ya no estaban cerca. El ritmo cambió, las responsabilidades cambiaron y el lugar que durante tanto tiempo había ocupado en la vida de otros dejó de existir de la misma manera.

Fue entonces cuando apareció un silencio que al principio me resultó profundamente incómodo. No era solamente el silencio de una nueva ciudad. Era el silencio de encontrarme conmigo misma sin las distracciones que durante años habían ocupado gran parte de mi atención.

Y, casi sin darme cuenta, comenzó a surgir una pregunta que nunca antes me había permitido formular con tanta honestidad: ¿Quién era yo cuando nadie necesitaba que resolviera nada?

Los roles que nos sostienen

Durante semanas conviví con esa pregunta. Intentaba responder desde la razón, pero siempre terminaba llevándome al mismo lugar: los distintos roles que había desempeñado durante gran parte de mi vida. 

Había sido la que cuidaba. 

La que resolvía. 

La que sostenía. 

La que estaba disponible. 

Y durante mucho tiempo pensé que esa era simplemente mi forma de ser.

Hasta que empecé a preguntarme si, en realidad, también era la forma en que había aprendido a sentirme valiosa. Ese descubrimiento fue profundamente movilizador. Comprendí que una cosa es cuidar desde el amor y otra muy distinta es construir nuestra identidad alrededor de la necesidad de ser indispensables.

Mirando mi vida con más honestidad, entendí que conocía muy bien las necesidades de quienes me rodeaban. Sabía acompañar. Sabía escuchar. Sabía sostener. Pero todavía estaba aprendiendo a hacer todo eso conmigo.

El camino de regreso a una misma 

Y esa fue una de las grandes revelaciones de aquel tiempo. La vida no me pidió que dejara de acompañar a otros. Me pidió que, por un tiempo, aprendiera a acompañarme a mí misma.

Hoy miro aquella etapa con mucha ternura. No porque ya tenga todas las respuestas. Sino porque fue la primera vez que dejé de preguntarme únicamente qué necesitaban los demás y empecé a preguntarme, con la misma atención y el mismo respeto: ¿Qué necesito yo?

Creo que esa pregunta marcó un antes y un después. Porque comprendí que volver a mí no consistía únicamente en mirar mis heridas. También implicaba descubrir quién era cuando dejaba de definirme por los papeles que había desempeñado durante tantos años. No tenía claro quién era esa mujer. Pero, por primera vez, estaba dispuesta a conocerla.

Y quiero dejarte la misma pregunta que durante tanto tiempo me acompañó a mí. No para que la respondas ahora. Solo para que permitas que encuentre un lugar dentro de ti:

Si por un momento dejaras de ser aquello que siempre has sido para los demás… ¿quién descubrirías que eres?

Seguimos caminando…